Universo antrópico. Diálogo interno.

¿Qué es la luz? – Pregunta un científico a otro.

– La luz es la parte de la radiación electromagnética que puede percibir el ojo humano.
– Te equivocas colega, es todo el campo de la radiación.
– Yo me refiero a la “luz visible”.
– ¿Será que te estás volviendo creyente?

¿De qué hablan? – Dijo una neurona a otra.
– No lo sé, creo que de la luz.
– ¿Del conocimiento?
– ¿Qué es el conocimiento?
– Es la información que transmitimos.
– ¿Las hormonas?
– ¡No cachonda! ¡Los neurotransmisores!

– ¿El pasado?
– No, el tiempo. – Concluyó el científico.

– –

Ese es el problema de las palabras – Dijo el profesor a los alumnos- Que tienen varias connotaciones y pueden ser interpretadas de diferentes maneras. Por ejemplo, energía. Según el diccionario es la eficacia, poder y virtud para obrar. Para los científicos es la capacidad de transformar o poner en movimiento y para muchas personas es la capacidad que tienen otras personas para hacer algo. A muchas personas les falta energía y a mucha energía, le faltan personas.

Se oyó un gran silencio en el salón.
– Mi mamá está convencida de que la energía es una especie de luz que pasa por unos discos que ella llama “charcas”. Interrumpió un sabido.

– ¿Se puede interrumpir un silencio? – preguntó el músico
– ¿Un sonido tiene forma? – dijo la epiglotis
– Tiene forma de dos ríos – dijo la tráquea
– Tiene oxígeno y destino, dijo… Hasta que irrumpió un latido.

– ¿Qué fue eso? – Preguntó la neurona.
– Luz, dijo la otra.
– ¿Información?
– ¡Estamos en el corazón!

– ¿De qué hablan? – Preguntó un átomo a otro.
– Creo que de información.
– ¿De números?
– De formas
– ¿De cambios?
– Sonidos
– ¿Silencios?
– Destinos
– ¿Palabras?
– Caminos
– ¡Cuánta comunicación!
– Sigue trabajando…

Si no tuviéramos tiempo, tampoco energía – Concluyó el profesor.
Sonó el timbre.

– – –
– –

– –
– – –

Sonó el timbre.
– Yo abro. – Dijo ella.
– Te sigo – dijo él.
– ¡Cretino! – Un testigo.

– ¿Qué ha sido eso? – Dijo el átomo.
– Un fotón! – Exclamó la neurona.
– ¿A dónde ha ido? – Preguntó un protón.
– Tomó un camino.

– ¿Decisión?
– Libertad.
– ¿Amor?
– Destino.

– ¿Cómo se ordena la información que transmitimos? – Preguntó la parlanchina neurona.
– Siguiendo las órdenes.
– ¿Qué órdenes?
– Las que transmitimos.
– ¿Son órdenes?
– Y destinos.
– ¿Quién da las órdenes?
– Vienen de la luz

¡Estoy perdiendo mi tiempo! – Exclamó el científico.

– ¡Hormonas! – Gritaron miles de células.
– ¿Qué son las hormonas? – Preguntó una célula a otra.
– Información.
– ¿Quién la envía?
– El cerebro.
– ¿Un Dios?
– Orden.
– ¿Albedrío?
– Instrucción.
– ¿Dirección?
– Sentido.

– Siente. – dijo, mientras ponía sus manos contra su pecho.

Ella duda, a pesar de estar muy excitada, hace mucho tiempo no se había sentido tan viva, con tanta energía. Hace mucho tiempo que el tiempo no era tiempo, que las palabras sobraban cuando no eran necesarias y faltaban para expresar lo inexpresable. Hace mucho tiempo no sentía el calor, el valor, el amar y el amor.

– ¿Qué es el amor?
– Calla.

Latidos, sonidos,
Gemidos, bramidos.
Amantes. Amor Es.
Dos almas.
Destino.

– ¡Cuantos, fotones!
– ¡Cuánta información!
– ¿Son neurotransmisores?
– Y hormonas.

– ¿De dónde vienen?
– De abajo.

– ¿Qué hacían?
– El amor.
– ¿Es posible? – Pensó el científico.
– Decide.

– –

– El amor, según el diccionario -dijo el profesor- es el sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
– Pero a veces también es por pura calentura profesor. – Interrumpió un estudiante.
– ¡Eso se llama instinto! Animal.
– Los animales no tienen emociones – dijo un sabido.
– Y tú no tienes sentimientos – Un grosero.
– El sentimiento no es amor. Pero el amor es el único sentido.
– ¡Eso lo dijo Cristo! – un creyente.
– Amor al revés es Roma -gritó un fundamentalista.
– Porque Roma representa lo contrario al amor – se apresuró el ateo.
– Eso no aplica para el idioma inglés – dijo el lingüista.
– Pero love al revés es velo! – Decía el sabido…

– ¡Silencio!

– ¿Qué es el sonido? – Preguntó el músico
– ¡Son ondas! – dijo el átomo.
– ¿Los ruidos? – Preguntó la tráquea.
– Latidos.
– ¡Palabras! – gritó la epiglotis.

– Te amo. – Dijo el científico
– ¿Los sientes?
– Lo siento.
– ¿Perdonas?
– Lo olvido.

– ¿Por qué ya no enviamos información hacia allá? – Preguntó la inquieta neurona a su paciente vecina.
– No está en las órdenes ese destino.
– Pero antes estaba. ¿Quién lo ha decidido?
– La luz.
– ¿Se acaba?

– Se ha ido – Pensó ella.

– ¿A dónde ha ido? – Volvió a preguntar el protón.
– Dos quark arriba y un quark abajo.
– ¿Estamos hablando de número o forma?
– De ambos.
– El tres.
– Correcto.
– Entonces ha ido al corazón.
– De ahí proviene – dijo la neurona.
– ¿Qué cosa?
– La luz.
– Tiene sentido.

El científico sintió un espacio sin tiempo, donde las palabras se iban ordenando y desapareciendo en forma y número, donde los sonidos eran música y los latidos eran onda, percibió las ondas ir y venir, chocar entre ellas, desaparecer en explosión (pensó en las estrellas) que se convertía en luz que se separaba de sí misma creando el tiempo, la energía, la materia, ¡la vida! Sintió el cuerpo vibrando y casi podía medir la energía para demostrar que existía, que no era una ilusión, no era una esperanza acariciada sin fundamento racional. Por segunda vez buscó las palabras y por primera vez escuchó el silencio, observó la luz, la reconoció, y supo que del otro lado estaba el demonio que tanto había buscado en su juventud, cuando decidió estudiar ciencias para comprender el universo, el tiempo, la luz, el electromagnetismo, y frustrarse una y otra vez ante las ecuaciones de Maxwell. Entonces, se dio cuenta que era él mismo…

– Paradójico -pensó-, por querer comprender todo el espectro, no vi la luz visible; perdí algo que nunca tuve y sentí sin ningún sentido.

En ese momento –¿momentum?– sintió un impulso que lo llevó a levantar el cuerpo de forma espontánea, caminó hacia la biblioteca, y encarga nuevamente “La última pregunta” de Asimov, para volver a la ciencia ficción que tanto había disfrutado en su adolescencia, antes de que algún mecanismo desconocido decidiera transformar en ¿Qué es el universo? la otra gran pregunta que lo hubo movido: ¿Quién soy, cuál es mi destino?

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