La curiosidad del gato

Dueño de la casa, un gato siamés paseaba con la gracia y la presencia de una escultura recién descubierta, meneando su cuerpo horizontal y verticalmente, con los ojos puestos en todo, poniendo a prueba sus siete vidas, y a la gravedad desafiando.

Recorría los límites y los iba ampliando, subía, bajaba, esperaba, brincaba sin avisar y volvía a esperar. Sigiloso, astuto, lento, con una paciencia que parecía inteligencia, con una inteligencia que ocultaba en sus ojos y mostraba disimulando cada vez que caía.

Pero fue hoy el día en que encontró una puerta, justo en el medio de la pared más grande de la sala, y junto a ella a un pequeño ratón en actitud de meditación.

– Soy el rey de la caza, dijo el gato – ¿Cómo te llamas? ¿Por qué no has huido?

– Mi nombre es Malsi.

– ¡Qué extraño nombre para un ratón!

– ¿Acaso he preguntado por tu nombre?

– No seas insolente – dijo el gato.

– Soy prudente, como quien tiene enemigos.

– ¿Qué haces fuera de tu guarida? ¿No ves lo fácil que es para mí cazarte? ¿Por qué no has entrado a tu casa?

El ratón -que no sólo era astuto, sino también sagaz– sabía que debía escoger muy bien sus siguientes palabras; porque el gato no sólo era astuto,  sino también artero.

Así que empezó a hablar con lenguaje certero:

Tras de tu camino viene una serpiente,
no he visto sus dientes pero sí su forma:
es inquieta y larga, oscura y peluda,
sigilosa y muda, se esconde por norma.

Y aunque los he visto venir a la vez
a la vil serpiente y al gato siamés;
hay tras esta puerta cierto mecanismo
que hace que yo mismo siembre aquí mis pies.

El gato -que no era prudente, pero era suspicaz– sospechó que era un truco del ratón para entrar por la puerta cuando él voltee a ver a la supuesta serpiente. Y como no era sólo suspicaz -sino también escéptico-, se dignó a contestar con lenguaje audaz:

No caigo en tu astucia, ni que fuera un pavo,
conozco mi rabo, yo nací con él.
Tengo un cascabel bajo mi cabeza
y se con certeza lo que alcanzo a ver.
No puedo creer a un ratón que reza
pero ahora confieso que quiero saber:
¿Cuál es esa trampa que te deja tieso
-estatua de buda-, tentando al destino,
confundes mi cola -víbora peluda-
y a un sagaz minino que quiere comer?

El ratón -que sabía que el  minino podía ser audaz, pero no sagaz- contestó con soltura:

Atrás de esta puerta se esconde un diablito
que por más que intentes no alcanzas a ver,
tiene una cuchilla, cierta y contundente,
que rápidamente dejará caer
sobre aquel que ose superar la entrada,
poniéndolo a prueba con su rapidez.

Y aunque ya no es nada la ofidia peluda
porque en tu cabeza tienes cascabel,
una nueva duda sobre tu certeza
curiosa y sesuda te pongo esta vez…

Puedes devorarme como fácil presa
o siendo sensato, dejar de comer;
meter tu cabeza por este agujero
para ver si al diablo alcanzas a ver.
Pero si lo ves, o él te ve primero,
en ángel caído tendrás que creer
e inmediatamente caerá tu cabeza
bajo la sorpresa y sobre el cascabel…

El gato, que no creía en serpientes peludas -jamás había visto una-, mucho menos iba a estar creyendo en diablitos escondidos detrás de una puerta, esperando pacientemente con una guillotina…

Cuando el minino despertó, Schrödinger ya estaba abriendo la caja nuevamente.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Buen momento para sugerir el poder de las palabras, y revisar el significado profundo de la sorpresa.

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