La manzana de Nietzsche

Nietzsche, algo ofuscado, dejó la carta sobre el escritorio y se asomó por la ventana. En el patio, los niños de las criadas jugaban al escondite, a pesar de que el día era frío y el sol apenas calentaba; observó cómo uno de ellos se metía en el barril de las manzanas y con pericia se cubría la cabeza con varias frutas. Uno a uno, y luego de contar hasta cien contra la pared, el encargado de descubrir el paradero de los jugadores los iba sacando de sus madrigueras, pero no lograba encontrar al niño del barril de manzanas, que tenía a su lado. Era pequeño, silencioso y estaba muy bien cubierto por la fruta. El niño rebuscó en el granero, detrás de los caballos y entre las faldas de las cocineras. Subió a los árboles, quizá estaría camuflado entre las ramas; se asomó al pozo pero ese era un lugar demasiado peligroso para esconderse; se sentó en un montón de paja, exhausto. Escudriñó el patio en busca de un rincón que se le hubiera pasado por alto. Los demás niños lo miraban con la picardía sonriente propia del juego, y algunos otros daban voces aconsejándole al último escondido que no revelara su excelente guarida. Nietzsche sintió curiosidad por saber cómo iba a terminar el juego. A mediodía, el sol se esforzaba en calentar las cabecitas, y pronto saldrían las madres reclamando la atención de sus hijos.
Al rato de no encontrarlo, los niños comenzaron a llamarlo a gritos. Que saliera, que había ganado, que el juego se había acabado y ya era hora de comer. Empezaron a buscarlo por todos lados y no daban con él. A Nietzsche le sorprendió la resolución del niño de las manzanas para permanecer oculto, a pesar de que le aseguraban que su triunfo había sido total. El niño, no obstante, seguía sin revelar su escondite. «Quizá —pensó Nietzsche— quiere asegurarse de que nunca nadie sepa dónde se ha escondido. Quiere ese secreto para él, y nadie más». Los minutos pasaban y los niños se ponían cada vez más nerviosos. Una de las madres salió al patio y preguntó qué ocurría. Asustados ya, le explicaron lo que estaba pasando y la madre alarmada comenzó a llamar, primero con severa voz y luego con llanto, al niño desaparecido. Las otras criadas salieron y se formó un coro de alaridos que se confundían. Nietzsche seguía el espectáculo con emoción y no quiso intervenir. Sentía que traicionaría al niño si, desde arriba, gritaba y revelaba su escondite. ¿Tanto esfuerzo para nada? «No sería justo, estarían haciendo trampas porque el juego consiste en que te encuentren, no en que te delaten», pensó. Pero los minutos pasaban y el niño no cejaba en su empeño de permanecer escondido. Una sombra de duda pasó por la frente del filósofo, ¿cuánto tiempo puede un niño pequeño soportar el peso de las manzanas?; pero se mantuvo firme: no hablaría. Así no se traiciona a un compañero, aunque su vida corra peligro.
Excitado, cogió su bola de Malling-Hansen y cerró los ojos:

Tienes razón, Julius, los utensilios que utilizamos para escribir forman parte de nuestros pensamientos. Bajo el imperio de esta maldita máquina mi prosa ha cambiado, y ahora no escribo argumentos sino aforismos, ahora no pienso sino que juego con las palabras, las escondo y no quiero decir dónde están; quiero ese secreto para mí, y nadie más. Me he librado del estorbo de la retórica y prefiero escribir como si se tratara de un telegrama. Ese nuevo idioma del que hablas no lo he inventado yo; escribo un nuevo alemán. Me ha sido dado porque he estado sumergido en el limo de las palabras y ahora resurjo, nuevo, absoluto, dominante: soy el rey de mi creación y, hasta que no me asome, nadie sabrá dónde estoy. ¿Sabes? A veces vale más un escondite largo en el laberinto de los pensamientos que una rendición fácil al gobierno de las figuras retóricas. Allá tú si sigues siendo esclavo de los pentagramas.

—¡Aquí está! —gritó uno de los niños, volcando el barril y dejando que las manzanas rodaran por el patio.
Magullado por la presión de la fruta, el niño salió inconsciente, morado y oliendo a podrido. Lo colocaron en el suelo mientras la madre sollozaba sin consuelo y trataron de reanimarlo. Sin esfuerzo, el niño abrió los ojos y sonrió triunfante.
—¡Siempre estaré escondido, nadie me ve! —gritó, y reventó en una carcajada.
Las ovaciones fueron disminuyendo cuando los niños entraron en casa. El patio quedó solitario; Nietzsche, decepcionado, cogió la máquina y tipeó con avidez su primer poema:

La bola de escribir es como yo:
Hecha de hierro pero maleable en los viajes.
Se necesitan mucha paciencia y tacto
Y unos dedos finos para usarnos.

Era la mañana del 16 de febrero de 1882.
Miró por la ventana y regresaron a él la ira y una gran desolación, como si ahora su cabeza se hubiera vaciado de ideas. «Hasta los niños traicionan a los filósofos», pensó mientras se mesaba con ira el bigote, ya irremediablemente hirsuto. Furioso, lanzó por la ventana la bola de escribir Malling-Hansen y esta rodó por el suelo como una manzana de palabras podridas.

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Tomado de: http://www.librosdelaballena.com/oficios/la-manzana-de-nietzsche.php

Por: Juan Carlos Chirinos

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